miércoles, 31 de agosto de 2011

Arguedas y Machu Picchu


Se fue julio, mes que de manera especial será recordado no solo por el cambio de mando y la renovación de la mayoría de nuestras autoridades políticas, sino también por haber sido el que centralizó la mayoría de actividades en relación al Centenario del descubrimiento de Machu Picchu para el Mundo. Como ya sabemos, mediante Decreto Supremo Nº 116-2010-PCM, el 31 de diciembre del año pasado se declaró al año 2011 de esta manera y se obligó, entre otras cosas, que todo documento oficial lleve esta frase en su encabezado. Hemos observado documentales, festividades, visitas celebres, cobertura mediática sin límites para celebrar, como se merece, a nuestra nueva maravilla mundial, motivo de orgullo para todos los peruanos y símbolo indudable de peruanidad fuera de nuestras fronteras, donde la palabra “Perú” y “Machu Picchu” son casi sinónimos en el mejor de los casos.

Se fue julio, pero aún no se ha ido el 2011. Y en los meses que quedan se seguirá celebrando otro centenario. Uno que no tiene la cobertura, los auspicios, ni las visitas glamorosas del primero, porque recuerda a un peruano que nació hace precisamente cien años, pero que sigue siendo incómodo para muchos, diría que para todos. Casi como podrá intuirlo, me refiero a José María Arguedas, un escritor y antropólogo andahuaylino, maestro de escuela, docente universitario, funcionario público, promotor cultural, pero sobretodo, un gran difusor del mundo andino, ese mismo que construyó Machu Picchu. Y decía que José María sigue siendo incómodo para muchos, porque su situación de permanente búsqueda de pertenencia, esta liminalidad entre dos mundos (el andino y el español, que al mismo tiempo que lo reclamaban para sí, lo terminaban desgarrando) estas preguntas incómodas en torno a lo que fuimos, a lo que somos, a nuestro porvenir constituyen aspectos no definidos de nuestra identidad. Este mirarse sin temor frente al espejo, aun sabiendo (y temiendo) que la imagen que este nos devolverá no será necesariamente la que esperamos, refleja un drama que se instauro hace casi 500 años, cuando dos mundos se encontraron violentamente, siendo finalmente uno de ellos sometido, no significando ello que la batalla en torno al reconocimiento se haya detenido.

Esta búsqueda (que podría vincularlo simbólicamente con Garcilaso de la Vega), es una situación no resuelta de muchos peruanos. Por ejemplo, esta relativización de los rasgos étnicos José María la vivió en carne propia. Por un lado fue despreciado por Pablo Pacheco, su hermanastro, por ser Arguedas más blanco que él. Recordemos que la discriminación no tiene un solo sentido (del blanco al indio o al negro, por ejemplo) sino también puede tomar un sentido inverso. Pero también despreciado por Pompeya, una joven estudiante de la que se enamoro durante su estancia en Ica, ya que ella no quería tener nada con ‘serranos’. Decía Arguedas que: “Los indios y especialmente las indias vieron en mi exactamente como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo que ellos…y me lo dieron a manos llenas”

Para Gonzalo Portocarrero: “el proyecto arguediano pasa por la revaloración del otro, que puede estar representado como ‘el indio’ pero que también está dentro de mí. Casi todos en el Perú tenemos ancestros indígenas que nos hemos visto obligados a sepultar, a reprimir. Este proyecto nos convoca a una mayor integración social como personal. Los comentarios ponen en evidencia que todavía el sentimiento conciudadano es muy débil en el Perú. Este proyecto criollo sigue teniendo mucha vigencia pero creo que no tiene futuro ya que la tendencia de nuestra historia es hacia la democratización.”

A estas alturas el lector de manera acertada se preguntará: Y, ¿Qué tiene que ver Arguedas con Machu Picchu, más allá de la coincidencia en relación al año de celebración? Pues dos cosas que es necesario apuntar. La primera de ellas es que ambos estuvieron vinculados en una disputa en torno a cómo debía declararse el año 2011. Finalmente la balanza se inclino hacia uno de los lados. En una de sus últimas entrevistas, el antropólogo Carlos Iván Degregori decía: “…esa es una de las razones por las cuales no le dieron al 2011 el nombre del Centenario del nacimiento de José María Arguedas; es que Arguedas era tristón, para usar la palabra del Presidente” refiriéndose al ex Presidente García. Lo segundo, que esta admiración hacia nuestra maravilla natural muchas veces encubre aquello que Arguedas denunciaba. Admiramos a los constructores de Machu Picchu, pero despreciamos cotidianamente a sus descendientes. Admiramos al indio imperial, ese que ya no existe, ese que llegó a ser Inca y vivió en un mundo utópico. Despreciamos al que vemos en televisión o en la calle, reclamando derechos y luchando por mejores condiciones de vida. Al que nos habla en quechua y no está dispuesto a renunciar a su idioma. Al que no quiere irse a vivir a otro lugar porque tiene bajo sus pies una veta de minerales o gas. Por eso Arguedas era(es) incómodo, por eso lo seguiremos celebrando.

¿Encontramos al inca?


Hace varios años, en Puquio (Ayacucho), José María Arguedas recoge uno de los mitos que mejor expresan lo que en la tradición de las ciencias sociales se ha denominado ‘utopía andina’: Inkarri. El mito cuenta que al llegar los españoles al Perú, Inkarri (Inca Rey) fue apresado con engaños por "Españarri" (contracción de "España Rey", es decir el Rey de España, pero no solo él sino que simbólicamente con él, la civilización occidental cristiana).Españarri martirizó y dio muerte a Inkarri, y dispersó sus miembros por los cuatro lados que conformaron el Tawantinsuyo y enterró su cabeza en el Cusco. Sin embargo, esta cabeza está viva y se está regenerando en secreto el cuerpo de Inkarri. Cuando se reconstituya el cuerpo de Inkarri, éste volverá, derrotará a los españoles y restaurará el Tahuantinsuyo y el orden del mundo quebrado por la invasión española. Otras versiones del mito, con matices cristianos evidentes, dicen que cuando regrese Inkarri será el fin del mundo y el juicio final.

La importancia de este mito no solo reside en su capacidad de presentarnos, de manera tan clara, como concibe el mundo andino esta suerte de restauración de aquello que le fue arrebatado y como el mundo que ellos conocieron no esta perdido del todo. También nos permite reconocer un elemento que parece haber trascendido las barreras culturales del mundo andino y que es posible identificarlo como parte esencial de nuestra cultura política: la búsqueda de un ‘mesías’ que ordene el mundo que ha caído en la anomia. Frases como: ‘Necesitamos una mano dura’, ‘necesitamos a alguien que arregle nuestros problemas’, o elementos como el personalismo de nuestra política, el aura redentora con la que se suelen revestir nuestros gobernantes, pueden ser expresiones contemporáneas que seguimos en espera permanente de ‘ese alguien’ que restablezca ese paraíso que nos fue arrebatado.

Uno de los historiadores más importantes del siglo pasado, Alberto Flores Galindo, reflexiona sobre este fenómeno particular de la sociedad peruana que el denomina Buscando un inca. Para Flores Galindo: “La idea de un regreso del inca no apareció de manera espontánea en la cultura andina. No se trató de una respuesta mecánica a la dominación colonial. En la memoria previamente se reconstruyó el pasado andino y se lo transformó para convertirlo en una alternativa al presente. Este es un rasgo distintivo de la utopía andina. La ciudad ideal no queda fuera de la historia o remotamente al inicio de los tiempos. Por el contrario, es un acontecimiento histórico. Ha existido. Tiene un nombre: el Tahuantinsuyo. Unos gobernantes: los incas. Una capital: el Cusco. El contenido que guarda esta construcción ha sido cambiado para imaginar un reino sin hambre, sin explotación y donde los hombres andinos vuelvan a gobernar. El fin del desorden y la oscuridad. Inca significa idea o principio ordenador”.

Todo lo anterior, naturalmente, al poner todo el peso en una persona (ahora convertido en ‘Inca’), al cifrar toda esperanza en un solo individuo, al dotar de poderes sobrenaturales a un sujeto no solo puede resultar ingenuo, es especialmente peligroso. Como bien advierte Flores Galindo: “Milenarismo y mesianismo gravitan en el Perú porque aquí la política no es solo una actividad profana. Como tantas cosas en este país, esta condicionada también por el factor religioso. De allí la importancia de lo irracional. La utopías pueden ser capaces de convocar pasiones capaces de arrastrar o conducir a las multitudes mas allá de lo inmediato, hasta intentar tomar el cielo por asalto o arrebatar el fuego a los dioses”.

Si bien el cambio y la búsqueda de una mejor sociedad (aunque las utopías ‘no tienen lugar’, por lo menos nos hacen avanzar en su búsqueda) son no solo necesarios, sino también urgentes, es importante no olvidar que los cambios los generan no exclusivamente los individuos de manera aislada. Las instituciones que forman parte de este gran entramado llamado sociedad tienen un rol fundamental en estos procesos. Toda la buena voluntad de un individuo puede estrellarse en muros construidos con el concreto de la pasividad, la indiferencia, la defensa del status quo o la inercia. Solo en la medida que los cambios sean canalizados por instituciones sólidas, dinámicas, eficientes y con capacidad de respuesta, podremos iniciar el largo camino que nos toca recorrer en la construcción de una sociedad mejor.

En tiempos de transición política, con una campaña que hace apenas dos meses parecía haber dividido al Perú en bandos antagónicos, con una preocupante herencia de conflictividad social y reclamos que parecen venir desde tiempos inmemoriales, es pertinente renunciar a esta vieja búsqueda que parece encerrar autoritarismo (mano dura), pasividad (resuelve mis problemas) y paternalismo (porque nunca hemos sido capaces de hacerlo). Más que un ‘inca’, debemos buscar ‘incas’, pero los de carne y hueso, no aquellos que fueron idealizados por la tradición historiográfica criolla, románticos y místicos. ‘Incas’ con una decidida voluntad de servir, que no se sientan salvadores, que reconozcan sus límites y sean capaces de construir instituciones que los transciendan. Incas que sean hombres de verdad, que conciban que el cambio es posible y estén dispuestos a luchas por ello.

martes, 7 de junio de 2011

E – LECCIONES


Es probable que cuando se lea este artículo, los peruanos ya sabremos quien guiará el rumbo del Estado los próximos cinco años. Dependiendo quien haya obtenido la victoria, los próximos días posiblemente tendrán una dinámica similar a las jornadas mas intensas de campaña. La economía peruana nuevamente se someterá a los vaivenes caprichosos del post escenario electoral: subidas o bajadas de la bolsa, del dólar, inversiones que decidieron acercarse o finalmente retirarse. Todo lo anterior fiel reflejo de cómo se ha construido (o destruido) la opinión pública en las últimas semanas, donde el antagonismo, la fragmentación, el fatalismo y, especialmente, la intolerancia han sido los marcos desde los cuales se intentaba construir la realidad. El miedo y el desaliento, que durante la segunda vuelta cumplieron un rol funcional a los intereses de un determinado sector, posiblemente en los días que vienen sigan teniendo un rol protagónico. La esperanza tal vez irrumpa tímidamente, en unos casos para respirar aliviados y pensar que todo no fue mas que una pesadilla progresista de aquellos que no saben lo que mas les conviene; en otros casos aferrándose a la idea que el cambio es no solo necesario sino, ahora, posible. Sin embargo, ¿Cuánto hemos aprendido como ciudadanía a partir de este proceso electoral? ¿Qué tareas quedan pendientes como Estado, como sociedad civil, como ciudadanía en general? ¿Por qué, cada cinco años, se va haciendo cada vez más difícil elegir entre una u otra opción?

Una primera lección que considero valiosa es la urgente necesidad de enfrentar la desigualdad. Han corrido ríos de tinta tratando de explicar una relación casi esquizofrénica entre crecimiento económico y malestar social que se resumía con la pregunta: ¿Por qué si al país le va tan bien, a mi me sigue yendo mal? De un lado cifras que insistían en la disminución de la pobreza (que según datos del INEI ha bajado a 31%), mayor niveles de crédito de consumo, mejores puestos en las calificadores de riesgo internacional (que miden, entre otras cosas, el clima de inversión en un país), mayor movimiento inmobiliario, mayor número de personas con tarjeta de crédito, con celular, con Internet, con carro o con departamento nuevo. Pero del otro lado una conflictividad social creciente, administración ineficiente de servicios como la salud, un magisterio desmoralizado o a la defensiva, mayores índices de empleo pero en condiciones precarias, mayores niveles de inseguridad ciudadana y corrupción en el aparato público. ¿Estamos entonces frente a dos realidades distintas?, ¿hemos regresado a la colonia donde se estableció una división entre la ‘república de españoles’ frente a una ‘república de indios’, cada una con un orden social definido?, ¿O frente a dos Perú, uno real que crece a casi 9 % y otro paralelo, con perros del hortelano o una ciudadanía ‘tristona’, que no reconoce el avance aun cuando este pase por la puerta de su casa y un presidente que quisiera tener un país mas ‘plano’? ¿Son terroristas, resentidos, agitadores quienes exigen un poco mas de justicia? ¿Pecan de individualistas los que defienden el modelo del mercado?

Una segunda lección valiosa es la necesidad de fortalecer instituciones. Una herencia de la década de los ’90 fue precisamente el quiebre institucional. Empezando por los partidos políticos (que desde entonces gozan de desconfianza generalizada), los poderes del Estado, los medios de comunicación, la ciudadanía ya no creía en ellos. Ya no los representaba, habían perdido una cualidad de las instituciones sociales: la capacidad de canalizar y expresar el conjunto de demandas de la sociedad. En la actualidad se menciona la necesidad de fortalecer a los partidos políticos, ya que ellos permiten encauzar el conjunto de peticiones que se recogen desde la sociedad. Ante la ausencia de este espacio intermedio, las demandas se expresan directamente, sin filtro ni control, a través de huelgas, paros, bloqueos de carreteras, etc. Solo en la medida que logremos consolidar instituciones más fuertes, autónomas y que respondan adecuadamente a los intereses de la población, podremos construir una sociedad en la cual la convivencia, el respeto a las normas, la democracia y la justicia puedan ser reconocidas por cada vez mayores ciudadanos como un conjunto de valores mínimos necesario para poder vivir juntos. Mientras tanto, y con la herida abierta que puede dejar esta elección, desgraciadamente el escenario es poco alentador y debemos alistarnos para asistir a nuevos conflictos sociales.

Finalmente, aunque no se ha mencionado en campaña, el reconocimiento se convierte en una clave esencial en la configuración de un nuevo Estado. Mas allá de la redistribución, que se ha convertido en una de las banderas de algunos candidatos y que pretende enfrentar la desigualdad, aparece la idea del reconocimiento. Este no apunta exclusivamente a lo económico, sino apunta a lo cultural, lo simbólico, lo identitario, dimensiones que están presentes en cualquier individuo (no solo, como equivocadamente se piensa, en las comunidades nativas). Un Estado que no solo administre mejor la riqueza y el poder, sino que sea capaz de ‘reconocer’ el derecho a la ‘diferencia’ de sus ciudadanos, ganará en legitimidad y sus acciones serán respetadas y valoradas por la ciudadanía. Un Estado que parece existir solo para sus ‘iguales’ (blancos, varones, urbanos, costeños, castellanos, educados, modernos) esta condenado, cada cierto tiempo, a recibir una factura que dramáticamente le extiende ‘el resto’. Y ‘el resto’ no es unos cuantos. Es la mayoría.

sábado, 21 de mayo de 2011

Jamás tan cerca, arremetió lo lejos


El título de este artículo no solo es la primera línea de un poema de Vallejo. Es en especial el sugerente nombre de uno de los libros del que fue uno de los antropólogos más lúcidos de la última década: Carlos Iván Degregori (CID) Hace pocos días nos dejó luego de una penosa enfermedad. Sin embargo su trabajo, sus ideas y los principios que defendió hasta el final son un testimonio vigente que la partida tan solo ha sido física. Todos los hombres mueren, pocos viven de verdad.

CID inició su vida académica en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga como estudiante y como docente. No dudo que este vínculo con Ayacucho sería un factor determinante en lo que se convertiría en uno de sus intereses principales dentro de la investigación antropológica: la violencia política de los años ’80 y ‘90. Poco después traslado su labor docente a las aulas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) y su rol de investigador al Instituto de Estudios Peruanos (IEP), institución de la que fue director. No obstante, estoy convencido que su trabajo en la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) fue lo que marco no solo su quehacer profesional, sino también personal.

Precisamente el libro, cuyo titulo ha pedido temporalmente prestado este artículo, esta dedicado a reunir un conjunto de ensayos sobre el periodo de violencia que vivió nuestro país entre 1980-2000. Para CID, las clases medias y altas urbanas durante este periodo construyeron “una suerte de identikit del violento: ayacuchano(a)/ serrano(a)/ joven/ educado(a)/ quechua = terrorista”. Sin embargo agrega que es: “Grave error, porque si bien Sendero Luminoso (SL) encontró un importante semillero entre los jóvenes con educación superior al promedio de los pueblos y ciudades intermedias de la sierra, o migrantes de esa procedencia en Lima, solo una minoría de ellos – minoría incluso entre los jóvenes radicalizados políticamente – se plegó a su discurso y a su práctica. Error, además porque SL no representaba a los excluidos de siempre: campesinos andinos, pueblos amazónicos, pobres urbanos”. Aporte muy importante para cuestionar ideas arraigadas asocian lugar de origen, nivel educativo y lengua directamente con la violencia y el terrorismo.

Pero el tema de SL no fue el único que apasionó a Carlos Iván. La enseñanza de la antropología en las universidades peruanas también fue tema inspirador de su quehacer investigativo. Para Degregori, la antropología peruana es hija del indigenismo de las primeras décadas del S. XX. Y aunque tuvo una breve edad dorada durante el Gobierno Revolucionario de la Fuerzas Armadas a fines de los ’60, ahora habría caído en una especie de letargo, explicado por la crisis generalizada en la enseñanza en las universidades públicas del país y el modelo neoliberal que se implanta desde los ’90. Se preguntaba de manera insistente como ‘despertar a la bella durmiente’ (refiriéndose a la antropología peruana) para comprender un país escindido. Y aunque su investigación reconoce las carencias, las brechas y los complejos existentes en la comunidad académica antropológica, su análisis y conclusiones pueden perfectamente extenderse a la enseñanza de las ciencias sociales en el Perú.
Una última faceta, no menos importante de CID, es la de periodista. Colaborador en prensa escrita de diferentes medios de la capital, sus artículos destacaban por su capacidad de ver en profundidad aquello que por temor, comodidad o alienación preferimos ver tan solo superficialmente. Incluso uno de ellos, publicado hace exactamente 5 años, también en periodo electoral y en la disyuntiva de elegir ‘al mal menor’ suena dramáticamente vigente. Titulado “Una sensación de dejavú” (el titulo original fue El reconocimiento) expresa entre sus ideas mas importantes una que puede ayudarnos a encontrar lucidez en este tiempo de penumbras y dudas: “Pero hay algo previo al incremento de las inversiones y a la lucha contra la pobreza que no ha encontrado todavía espacio en la (pobre) discusión política. Es el tema del reconocimiento (…) La percepción de no ser reconocidos como personas y ciudadanos iguales ante la ley, pero también en la vida cotidiana, aunque sean rurales, serranos y ‘motosos’, es una tara, esa sí tara, que arrastramos las élites peruanas desde tiempos inmemoriales. Por algo somos el país de habla hispana que inventó el verbo ‘cholear’”
Para CID habrá un cambio sustantivo en el Perú cuando: “…los pueblos indígenas tengan acceso a la justicia en su propia lengua, cuando todos podamos sentarnos a comer en la misma mesa, no sólo durante las campañas; mirarnos sin despreciarnos mutuamente…” Cuan necesarias estas palabras en tiempos donde la tolerancia y el respeto a la diferencia, antes que como condiciones para el diálogo son consideradas como debilidades del adversario. Queda la tarea a las futuras generaciones de antropólogos y científicos sociales seguir luchando por el país que CID quería, pero que no le alcanzo la vida para verlo. Un país que logré convertir su diversidad en una fortaleza y una oportunidad y deje de percibirla como una carga difícil de llevar.

martes, 17 de mayo de 2011

¿Un mundo más seguro?


Hace poco menos de dos semanas, el mundo recibía una noticia que parecía nunca escucharía. Los diversos medios de comunicación daban cuenta de la muerte, en manos de fuerzas norteamericanas (los Navy Seal para ser más exactos) del terrorista más buscado del planeta: Osama Bin Laden. Seguramente, en la memoria colectiva de millones de personas en el mundo, irrumpían aquellas imágenes con las que iniciábamos no solo una nueva década, sino un nuevo milenio: el ataque a las Torres Gemelas, denominado en adelante por las siglas 11 – S. La algarabía espontánea de muchos norteamericanos, que salían a ‘festejar’ la muerte de su enemigo Nº 1, contrastaba con la suspicacia generalizada respecto a los detalles de la denominada ‘Operación Gerónimo’. Veamos algunos detalles de la misma.

Una primera duda estaba referida a la autenticidad del cadáver. Frente a las innumerables imágenes que circulaban en Internet, desmentidas una a una por expertos en fotografía digital, se esperaba las imágenes oficiales de parte del gobierno norteamericano. Finalmente, este decidió no difundirlas por considerarlas ‘atroces’, ‘truculentas’ y potencialmente incendiarias. En segundo lugar las circunstancias de la muerte son igualmente contradictorias. Inicialmente se afirmaba que opuso resistencia, para indicar pocas horas después que estaba desarmado. Como, de manera pertinente indicó Enrique Bernales, el Convenio de Ginebra autoriza el uso de la fuerza cuando hay resistencia. Sin embargo, en el caso del líder de Al Qaeda, no han quedado claras las circunstancias.

Luego de ello, ¿Qué paso con su cuerpo? La primera información indicaba que su cadáver había sido arrojado al mar (sic.), ante la mirada incrédula de la opinión mundial. ¿Por qué el cadáver del terrorista mas buscado del planeta había sido, simplemente, arrojado al mar? Una de las hipótesis que intentaban explicar esta decisión esta apoyada en que sus seguidores no convirtieran sus restos en una suerte de reliquia, con profundos significados ideológicos y políticos en aras de la Yihad (Guerra Santa emprendida contra occidente). Sin embargo, si bien el cuerpo simplemente ha desaparecido en las profundidades marinas, ello no es óbice para que el nombre y el recuerdo de Osama puedan convertirse en un icono, una figura, un símbolo para sus partidarios.
Ahora bien, luego que circuló la información sobre el destino de los restos de Bin Laden y ante el escándalo de la importante comunidad musulmana en EE.UU., surgió una información que complementaba la anterior al indicar que se siguió un ritual antes de la inhumación (sic.). Sin embargo, según la tradición musulmana, primero hay que lavar el cuerpo de un difunto con agua jabonosa, luego sólo con agua y por último con agua mezclada con alcanfor, y después envolverlo en tres paños. Según Dalil Boubakeur, de la mezquita de Paris: "La inhumación se hace bajo tierra, sin féretro. Los restos mortales deben colocarse en paralelo a La Meca, con la cabeza del difunto ligeramente ladeada hacia la derecha para que su cara esté orientada hacia la Kaaba, el santuario sagrado de La Meca".
Para Eric Frattini, matar a Osama Bin Laden es como descabezar a una Hidra (recordemos el viejo mito griego de la serpiente de varias cabezas, a quien Hércules le cortaba una cabeza pero en su lugar crecían dos). Agrega el especialista que hace algunos años si hubiera constituido un duro golpe a Al Qaeda, ya que esta tenía una estructura piramidal con Osama a la cabeza. Sin embargo, ahora no es tal la situación, ya que hace mas de dos años Osama entrego el poder a Ayman al Zawahiri, en opinión de los expertos mas operativo y también mas despiadado que su antecesor. Además agrega que Al Qaeda funciona ahora al modo de una franquicia. Basta que una célula terrorista, en cualquier parte del mundo, se organice y comparta la ideología de la organización, para que esta pueda reivindicar sus actos en nombre de Al Qaeda. Finalmente insistió en el transfondo electoral de esta noticia, de cara a la reelección de Barack Obama y sentenció que esta muerte “es mas un tema de honor que un acto antiterrorista”.

Hace algunos años un amigo, al conversar sobre este tema, me indicaba acertadamente que los EE.UU. eran una suerte de ‘Dr. Frankenstein’. Creaba monstruos que terminaban yendo en contra suya. Ya ha acabado con dos de los más famosos antiguos aliados suyos: Sadam Husein (apoyado en la guerra Irán – Irak en los 80’s) y ahora Osama Bin Laden (socio estratégico para resistir la presencia soviética en Afganistán, en tiempos de Guerra Fría). Sin embargo, ¿Es el mundo, ahora, un lugar más seguro?, ¿Ha sido un golpe efectivo a esta suerte de nebulosa que es el terrosismo? ¿Es tan fácil trasladar de una cultura a otra ideales como libertad y democracia? ¿O no son más que la fachada políticamente correcta de intereses económicos? ¿Qué nuevos Osama’s se forman, alimentados por el resentimiento, en aquellos lugares donde las tropas norteamericanas no son queridas, en especial de quienes han sufrido la perdida de un pariente muy cercano por ‘daños colaterales’? El tiempo lo dirá.

viernes, 6 de mayo de 2011

Para entender los linchamientos


“Casi linchan a varón en Feria del Altiplano”. “Ladrona se salva de linchamiento”. “Linchan a delincuente por robar cables de energía”. “Otro intento de linchamiento en Juliaca”. ¿Le suena familiar? ¿Se ha despertado alguna vez y la primera imagen con la que inició el día fue una persona amarrada a un poste, semidesnuda, con signos de haber sido golpeada, bañada en kerosén o gasolina, con un grupo de personas que de manera amenazante hacen el ademán de lanzar un fósforo que permita concluir la lección transmitida ese día? Este artículo busca presentar un par de claves para poder contextualizar esta práctica, la cual se apoya en una pretendida idea de ‘justicia popular’ eficaz (ya que consigue objetivos, los cuales van desde dejar una impronta en el supuesto ladrón que lo comprometa a no delinquir nunca más hasta el extrema de la eliminación física) y eficiente (ante la carencia de recursos orientados a la seguridad, nada mas inmediato que hacer justicia con ‘nuestras propias manos’).

Una primera clave es ‘culturalizar’ los linchamientos de manera general. ¿Qué pretendemos decir con ‘culturalizar’? Pues aquí estamos tomando la definición de cultura que brinda la antropología, esto es, como modo de vida, creencias, costumbres de un determinado grupo humano. Es decir, si pretendemos explicar todos los linchamientos como una práctica ancestral, tradicional y cultural de aquellos grupos que la utilizan con cierta recurrencia, podemos caer en explicaciones simplistas, parciales y cargadas de estereotipos peligrosos que muchas veces son la puerta de entrada a los prejuicios y la discriminación. El antecedente mas importante en leer los linchamientos desde la ‘cultura’ de un pueblo es el caso del asesinato del alcalde de Ilave, Cirilo Robles, hace ya 7 años. Aunque con el paso del tiempo se ha podido descubrir que detrás de este acto hubo una velada venganza política, manipulación de masas, exposición innecesario al peligro y los más grave, acusaciones de malversación que finalmente se demostró que no existían, las explicaciones que se ensayaron fueron de todo tipo, insistiendo en aquellas que recogían una supuesta agresividad innata de los pobladores de esta zona altiplánica pertenecientes al grupo étnico aymara.

De manera acertada, la antropóloga Gisela Cánepa (1) da cuenta de una serie de sesgos en el tratamiento de este suceso, en particular por parte de los medios de comunicación: “Sucedido el linchamiento del alcalde de Ilave, Cirilo Robles Callomamani, los medios escritos, radiales y de televisión inmediatamente invocaron la voz de los antropólogos —en general pocas veces invitados a opinar sobre la coyuntura nacional e internacional— para que explicaran lo que había sucedido allí.” Siguiendo con Cánepa: “…cuando se pide la opinión de los antropólogos para referirse a un grupo humano y a un conjunto de hechos en particular (en este caso el linchamiento del alcalde Robles), lo que se está asumiendo a priori es la condición tradicional de estos, así como su situación marginal a los grandes procesos históricos y al desarrollo de las instituciones modernas, atribuyéndoseles además un comportamiento irracional y violento, censurable por la razón.” Agrega que “…toda acción dominada por la razón cultural es fácilmente asociada a acciones masivas y anónimas (su sujeto es la turba) irracionales y sin propósitos (como la “ira aymara”). Preguntamos: ¿Cuántas veces se ha recurrido a una explicación de este tipo para los linchamientos ocurridos, aún cuando estos ocurren en el ámbito urbano?

Una segunda clave que se utiliza con frecuencia para entender los linchamientos es despolitizar los hechos. Siguiendo con el caso anterior, una explicación que pretendía resumir lo ocurrido en Ilave era “la ausencia de Estado”. Sin embargo, como bien refiere Cánepa: “…el solo hecho de que la persona asesinada haya sido el alcalde de Ilave ya nos indica que tal afirmación tiene que ser problematizada. Considero que este argumento es además problemático porque fácilmente se asocia con argumentos, también ampliamente esgrimidos en el debate público, según los cuales el problema de Ilave —y el de otros lugares en Puno y el Perú— se origina porque tenemos un Estado débil. Las posibles soluciones entonces se formulan como soluciones técnicas, es decir, policiales y militares, lo que rápidamente se traduce en la exigencia por un Estado y gobierno autoritarios, en vez de con autoridad y legitimidad.” En muchos de los linchamientos que ocurren en el ámbito urbano, la policía llega para ‘salvar’ al delincuente y ponerlo fuera del alcance de la turba. Sin embargo, no se ha reparado en que la queja más frecuente de los vecinos no es la ausencia de policía en la zona, sino más bien la poca eficiencia de la misma o las limitaciones de carácter legal en sus atribuciones. Si la policía ‘suelta’ en pocas horas y el acusado vuelve a delinquir, ¿Se ha hecho verdaderamente justicia?

Esto último constituye un llamado de atención a las instituciones que velan por la seguridad y la aplicación del derecho en nuestro país ¿en que medida están atendiendo el llamado de la ciudadanía, que frente a la inacción de ellas, se organiza y trata de afrontar un problema? Desgraciadamente, los métodos para atenderlo casi nunca son adecuados ni respetan un conjunto de garantías mínimas que protegen la integridad del ser humano. Mientras nuestras instituciones no reflexionen seriamente sobre este problema, acudiéremos con mayor frecuencia a modernos casos de ‘fuente ovejuna’.
(1) En QUEHACER, publicación del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo de
DESCO. “Furia Roja”, n° 148, julio del 2004.

lunes, 25 de abril de 2011

Para pensar


Al momento de escribir este artículo, desconozco cuando será publicado. También si será leído en Semana Santa o algunos días después a ella. Sin embargo, insisto que si bien la Semana Santa, en términos rituales, puede ser concebida como un espacio particular de reflexión, esta no debe restringirse exclusivamente a ella. Además, aunque este artículo puede tocar algunos temas de coyuntura, en el cual la política tiene un rol importante, intenta apuntar a temas de fondo como nuestra vida en sociedad, la relación con la diferencia, la tolerancia y la construcción de la democracia.

Una de las primeras lecciones que nos han dejado las elecciones pasadas es que hay maneras alternativas de percibir el mundo. Si bien algunos políticos, de manera machacona, nos han presentado una imagen optimista del rumbo del Perú, la cual en cifras es cierta, esta imagen, en el espejo de la realidad de muchos peruanos no parece reflejarse. De allí que muchos han optado por aquel candidato que les ha ofrecido una imagen alternativa de país, mientras otros prefieren que las cosas se mantengan tal y como están, sea porque están recibiendo los beneficios de este crecimiento, sea porque tienen la esperanza de recibirlos pronto. Ambas visiones de país se han encontrado y buscan imponerse a través de uno u otro candidato.

¿Cual es el riesgo?, no solo descalificar las ideas rival porque consideremos que su postura es equivocada (retrograda, desfasada, etc.) sino, descalificar su ciudadanía en tanto aún no es capaz de saber que es lo que le conviene en función a una serie de adjetivos que van desde lo racial (serrano, indio ignorante), lo geográfico (provinciano) o lo personal (resentido). Del otro lado también hay intolerancia, solo que en un sentido opuesto y también apuntando mas allá de las ideas del opositor. Si bien el juego democrático favorece a quien obtiene la mayoría, esta no debe olvidar la presencia de minorías y luchar por lograr poner en práctica esa palabra tan de moda en estos momentos, pero olvidada después: consenso.

Este consenso es valioso de manera especial en estas circunstancias, en que la coyuntura electoral ha mostrado no solo lo fragmentada que esta nuestra sociedad, sino también los profundos prejuicios que existen de uno y otro lado. Una sociedad atomizada, dividida, no reconciliada con su pasado, con su vecino ni consigo misma, esta muy lejos de construir comunidad. Y comunidad, esto entendámoslo bien, no quiere decir igualdad, homogeneidad, sino más bien: común unidad, igualdad en la diferencia, un espacio común compartido y un destino sobre el cual debemos sentarnos a discutir como queremos labrarlo.

Ahora bien y en esta ‘comunidad’ ¿Qué tan capaces somos de relacionarnos con la diferencia? ¿Cuan hábiles somos de escuchar las ideas del otro? ¿Cuántas veces hemos reconocido que estábamos equivocados, que nuestra mirada estaba equivocada, que nuestro modo de pensar, conciente o inconcientemente, era sesgado, prejuicioso, poco dialogante? Pues, estas capacidades no solo son imprescindibles en nuestra vida familiar, laboral o en aquellos espacios en los que nos relacionamos. Probablemente allí las pongamos en práctica en mayor o menor grado, con cierta dificultad y resistencia. Pero, más allá de estos círculos en los cuales nos movemos: ¿Qué tan dialogantes podemos ser? Si a ello le agregamos las diferencias de carácter social, cultural, religiosa, pues el reto es mayor. Ya que allí nos encontraremos con visiones que en apariencia se presentan como radicalmente distintas a la nuestra. ¿Es posible dialogar en esas circunstancias, sin puntos comunes? Pues en estas circunstancias una clave valiosa es antes que insistir en marcar la diferencia y hacerla irreconciliable, pues buscar puntos de encuentro, aquello que queremos de uno y otro lado.

Victoria Camps y Adela Cortina hablan de una ética de mínimos y máximos (‘minimalismo moral’) Nunca nos podremos poner de acuerdo en aspectos como la felicidad: mientras que para algunos autorrealización es tener éxito profesional y económico, para otros (pienso de manera especial en las comunidades en aislamiento voluntario de la amazonía) puede ser vivir tal como lo han elegido. Si no nos podemos poner de acuerdo en la felicidad, ya que cada grupo e incluso cada individuo ha construido imágenes de ella y ha elegido los medios para alcanzarla, si debemos ponernos de acuerdo en un conjunto de ‘mínimos’ que apunten a la justicia: la dignidad y respeto del ser humano expresada en educación adecuada, sistemas de salud eficientes, respeto a la diferencia cultural, entre algunos solamente. ¿Ello es imposible? No lo creo. ¿Difícil? Claro que si, como todas las cosas que realmente valen la pena.

Estoy muy lejos de saber por quien voy a votar, también estoy lejos de creer que en estas elecciones se juega el futuro del país, con toda la carga apocalíptica que va detrás de esta frase. Me preocupa el papel inmenso que esta jugando el miedo frente a la esperanza y la tolerancia. Quiero, como la mayoría de peruanos, un país mejor, no solo para mí, sino para aquellos que están por llegar. Un país más justo, donde los peruanos podamos mirarnos, unos a otros, como ciudadanos.