lunes, 17 de agosto de 2009

Apuntes sobre identidad arequipeña


¿Que es ser arequipeño? ¿Qué define a un arequipeño de ‘pura cepa’? ¿Qué papel juegan variables como el color de la piel, el apellido, el lugar de nacimiento, la ascendencia en esta suerte de “arequipeñometro” con el que solimos medirnos, unos a otros, los habitantes de esta ciudad? ¿Cuánto ha cambiado la identidad arequipeña a partir de las migraciones? ¿En que se ha convertido la Arequipa de ayer, la del eterno cielo azul y puro sol? Son varias las preguntas que abren esta breve reflexión sobre Arequipa y son tres historias distintas las que pretenden mostrar como la identidad arequipeña, al igual que la materia, no se crea ni se destruye, solo se transforma.

Empecemos con Ricardo Palma, quien a través de una tradición llamada “El ahijado de la providencia” narra la pelea de Alonso de Luque con un fraile dominico por quedarse con el último pescado para la cuaresma (este alimento era especialmente escaso y buscado en Arequipa dadas las distancias de aquellos tiempos con la costa). Sin embargo, mas allá de lo llamativo que puede sonarnos esta disputa, la tradición trae una historia particularmente interesante respecto a las aristocráticas pretensiones de los arequipeños. Palma refiere que: “…con carácter de proverbio, decíase en Lima: Arequipa ciudad de dones, pendones y muchachos sin calzones; y si no miente D. Bernardino de Pimentel, duque de Frías, he aquí el origen del refrán, tal como lo relata en un librejo que lleva por título Deleite de la discreción(…)Diz que a la puerta de una posada se hallaba un muchacho vestido de harapos, en circunstancias de llegar caballero en briosa mula un fraile de campanillas, el cual dirigiéndose al mozalbete, dijo: “Mancebo, téngame el estribo y darele un real de cruz.” Ofendiose el de los harapos y contestó: “Padre, mida sus expresiones y sépase que habla D. Fulano de Tal, de Tal y de Tal.” Y vomitó hasta una docena de apellidos. A lo que el fraile contestó con mucha flema: “Pues Sr. D. Fulano de Tal, de Tal y de Tal, vuesa merced se vista como se llama o llámese como se viste.” (1)

Otro aporte interesante, para pensar nuestra identidad, es presentado por Jorge Bedregal (2), en un trabajo donde analiza el discurso periodistico del Diario El Pueblo entre 1960 a 1970. Todo comienza cuando en una columna diaria llamada “Arequipa de Antaño”, el redactor menciona que el apellido Lira corresponde a los descendientes de Yarabamba y Quequeña. Sin embargo, a un lector no pareció gustarle esta vinculación y respondió en una carta que el no era de los distritos mencionados y agrego que “…su bisabuelo, teniente coronel del ejercito español era procedente de TUI (Galicia), según datos de los vestigios nobiliarios de la familia Lira. Continua que su abuelo tuvo tierras en esa zona y que dos familias pasaron a apellidarse así porque parece que les gustó”.

Finalmente, veamos un breve dialogo que tuve la oportunidad de registrar a propósito de un paro que se vivió en nuestra ciudad. Una conocida radio, de amplia difusión en sectores populares, dejó abiertas las líneas para que se comuniquen los oyentes. Un primera llamada trasmite el siguiente dialogo: “Aló, Señor Radio X, yo llamaba para apoyar paro, porque los arequipeños ya estamos cansados de abuso gobierno. Arequipa ha sido un pueblo ribelde que debe salir a las calles a protestar.” Pocos minutos después, ingresa otra llamada: “Aló, llamaba para manifestar mi desacuerdo con el paro y para decir que los verdaderos arequipeños estamos en contra del paro. Yo no se de donde será ese señor que llamo hace un momento, pero seguramente será transplantado, porque los arequipeños queremos trabajar”.

¿Que tipo de lecciones pueden dejarnos estos (des)encuentros? ¿Qué aportes podemos recoger para (re)pensar la identidad arequipeña? Amartya Sen, al reflexionar sobre como se construye la identidad, enfatiza en el papel del entorno y de los individuos con quienes interactuamos en la formación de la misma. El proceso de construcción de nuestra identidad es resultado del intercambio continuo que sostenemos con los demás. La identidad, sin embargo y siguiendo con Sen, parece tener una suerte de “doble filo”. Puede ser fuente de orgullo, alegría, fuerza y confianza, que cohesione comunidades y genere un proyecto común; pero también puede “matar y matar desenfrenadamente”. Una solidaridad interna, en algunos casos, puede ayudar alimentar la discordia entre los grupos.

Es innegable, aún para los románticos, que Arequipa es otra ciudad. Una ciudad que ha vivido intensos procesos de migración y que ha crecido de manera desordenada. Sin embargo, este crecimiento no ha ido acompañado de un proyecto que permita construir una sociedad inclusiva, en la que identidades de viejo cuño no nieguen, ni menos hagan invisibles, aquellas otras que siempre han estado allí, pero que recién están encontrando espacios para afirmar su valor. Las nuevas sociedades, entre ellas la arequipeña, nos plantean un reto impostergable: construir un mundo donde la diferencia antes que en una carga, se convierta en riqueza y potencial.

(1) Palma, Ricardo. El ahijado de la providencia. En: Tradiciones Peruanas. Quinta serie. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com (Última consulta 12 de agosto de 2009)
(2) Bedregal, Jorge (2006) Iconografía y simbolismo: Identidad Arequipeña. Arequipa: U.N.S.A.

domingo, 12 de julio de 2009

Y para usted: ¿Quién es el asesino?


Después de casi dos semanas de bombardeo continuo, me animo a preguntarle al amable lector si no se ha hecho la pregunta que encabeza este artículo. Algunos denominan este fenómeno como “abencialización”: se ha “abencializado” (si es difícil escribirlo, debe serlo mas pronunciarlo) la política, la información, el entretenimiento y, especialmente, la opinión pública. Los compradores no solo consumimos “Abencia”, sino también reclamamos “Abencia” y podemos caer en un síndrome de abstinencia si no nos dan más “Abencia”. Sin embargo, en este afán de “desabencializar” no solo nuestros discursos, sino también buscando reflexionar sobre ese modo típicamente cortoplazista de enfrentar los problemas de fondo, me animo a presentar los datos de tres hechos cuya importancia pareciera ser inversamente proporcional a la cobertura mediática que se les otorga. Me refiero a las muertes ocasionadas por los accidentes de transito, el friaje y aquellas que son producto de la inseguridad ciudadana.
En el caso de los accidentes de transito las estadísticas elaboradas por la Policía Nacional, desde el año 2000 a la fecha han registrado una alarmante cifra de más de 700,000 accidentes que han producido 31,000 muertes. El Ministerio de Salud informó, recientemente, que alrededor de 117,900 personas quedaron discapacitadas de por vida por accidentes de tránsito, en los últimos cuatro años. (1) Manuel Peña, representante de la Organización Panamericana de la Salud informa que “En el Perú, en el 2007 hubo 3.510 muertes por accidentes de tránsito. El 18% de ellas corresponde a conductores o pasajeros de vehículos de cuatro ruedas, el 3% a ciclistas y el 78% a peatones (no hay datos sobre motocicletas). El 11% de muertes por accidentes de tránsito son atribuidas al consumo de alcohol y a pesar de que contamos con legislación sobre el consumo de alcohol y conducción, la eficacia de la aplicación de estas leyes es solo 20%.” Los datos presentados son sin duda aterradores, sin embargo, ¿en que medida ha sido posible lograr un debate continuo y comprometido en la opinión pública, que vincule a los diferentes actores del problema, incluidos los ciudadanos de a pie? Las leyes pueden ser cada vez más drásticas, sin preguntar si una mayor coerción generará cambios de carácter sociocultural en conductores y usuarios.
En el caso del friaje los datos son también dramáticos. El número de niños muertos por neumonía, a la fecha, llega a 246. Puno es el departamento más afectado con este fenómeno, pues ayer se oficializó la muerte por neumonía de otros dos niños menores de cinco años, con lo cual el número decesos en este grupo de la población llegó a 54. En Huanuco se reportó 29 pequeñas víctimas, mientras que Cusco ya son 22 los infantes fallecidos. Muchos especialistas coinciden que las condiciones de extrema pobreza y acceso a la salud son las causas más importantes para que el fenómeno se repita cada año. Sin embargo, la lógica prevaleciente parece orientada a enfrentar únicamente las consecuencias y no los orígenes del problema. Es innegable el rol que ha cumplido la sociedad civil que ha respondido generosamente a la convocatoria realizada por diversas instituciones buscando recolectar alimentos y abrigo para nuestros compatriotas del sur del país. Pero, ¿Qué viene después? ¿Estamos esperando el próximo friaje para nuevamente apelar a la buena voluntad de la ciudadanía?
Respecto a la seguridad ciudadana, la reflexión parece ser tan coyuntural como superficial. En una encuesta realizado por el Instituto de Opinión Pública de la PUCP, Fernando Rospigliosi comenta que “…de los encuestados, 30% afirma haber sido víctima de un delito en el último año. La mitad de ellos han sido objeto de robos al paso (carteras, celulares, etc.). Luego viene el robo de viviendas (19%) y después los atracos con violencia o amenaza (13%). En total 82%. En lo que respecta a la policía, la única política del gobierno es más policías y más patrulleros. Es claro que lo más importante es una reforma policial que combata la corrupción interna, mejore la eficacia, etc.” (2) Es particularmente interesante percibir como la anormalidad (inseguridad) se va naturalizando, es decir, se acepta de manera resignada y fatalista, olvidando la capacidad de agencia que ya ha demostrado la ciudadanía.

Y después de este breve recorrido, para usted, ¿Quién es el asesino? ¿Cómo podemos permitir los peruanos seguir perdiendo vidas de manera tan irresponsable? ¿Cuándo hemos olvidado que nuestro horizonte de sentido y búsqueda permanente debe ser una sociedad mas justa, que respete la vida, que reconozca a todos los que la integran, que permita la convivencia en medio de la diferencia? ¿Qué necesitamos para volver nuestra mirada a los hechos mencionados y mantenerla en ellos, buscando soluciones que involucren la participación de todos? No solo los medios de comunicación debieran tener un rol vigilante, pervertido en ocasiones por una mal entendida lógica de mercado. La ciudadanía en general debería ir desarrollando una actitud crítica que permita separar el atractivo de la inmediatez de la trascendencia de lo importante.
(1) En: http://amantesdelpais.wordpress.com/2009/05/05/los-accidentes-de-transito-en-el-peru/ (Última consulta: 7 de julio de 2009)
(2) En: http://www.pucp.edu.pe/iop/files/sondeo_12.pdf (Última consulta: 6 de julio de 2009)

miércoles, 10 de junio de 2009

Del “buen” y el “mal” salvaje


Hace casi medio siglo, el antropólogo francés Claude Levi – Strauss llegó a la conclusión que el ser humano, buscando entender y explicar el entorno que le rodea, lo divide en dos. Es decir, estructuralmente dividimos la realidad en dos partes que son opuestas y al mismo tiempo complementarias: civilizado – salvaje, desarrollo –sub. desarrollo, bueno – malo. Levi – Strauss afirmaba que esta tendencia era explicada por la estructura de nuestro cerebro, que condicionaba nuestro modo de construir la realidad y era común a todas las culturas. Esta tendencia a dicotomizar puede ser la clave para entender no solo esta estrategia simplista e irresponsable de culpar al rival de turno; sino, y de manera especial, poder apreciar que es aquello que ve el ‘otro’ y que nosotros seguimos sin siquiera poder vislumbrar.

Veamos la primera pareja de términos opuestos: civilizado – salvaje. Los primeros antropólogos académicos (fines del siglo XIX) buscando analizar como había sido el desarrollo de las diferentes culturas, llegaron a la conclusión que el camino a la civilización (representado por la Europa de aquel entonces) era uno solo y que las diferentes culturas no europeas debían recorrerlo si pretendían alcanzar los logros del viejo mundo. La figura que utilizaban los evolucionistas de aquella época era la de una escalera, donde cada escalón representaba el grado de desarrollo alcanzado por cada cultura, siendo el mas bajo aquel que ocupaban las denominadas culturas simples o salvajes. Esta teoría fue posteriormente criticada, ya que proponía un solo camino rumbo al desarrollo y asumía que el mismo se explicaba en virtud de la presencia o ausencia de determinados grupos raciales: los grupos blancos como portadores del progreso y poseedores de una racionalidad mas desarrollada, los “otros” grupos raciales como responsables del subdesarrollo de sus pueblos, dada su condición cualitativamente inferior frente a los primeros.

La segunda pareja de términos opuestos (desarrollo – subdesarrollo) parece desprenderse de la primera. La idea del desarrollo ha sido una forma sobre la que se han vertido diversos contenidos. Inicialmente se concibió el desarrollo desde la acumulación de riqueza. Posteriormente se percibió en la industrialización el camino rumbo al progreso. El comercio e intercambio de bienes (bienes transformados, claro está), ya en el siglo XX, era promovido como la clave para no quedarse en esta carrera de la historia rumbo al bienestar nacional. La tecnología y el conocimiento parecen ser ahora las claves. Naturalmente, el subdesarrollo era definido en función de las carencias de los elementos mencionados: sin riqueza (capital), industrias, comercio y tecnología, eran pocas las posibilidades de emprender el camino del desarrollo. Sin embargo, ¿es tan universal, como pretenden los desarrollistas, su idea de progreso? ¿Todas las culturas deben asumir la misma receta y seguir el mismo camino? ¿La idea de propiedad e intercambio son características en la mayoría de sociedades? Y, a partir de ello, ¿todos poseen una misma imagen de ‘vida buena’?

Finalmente veamos la última pareja de términos opuestos: bueno - malo. Es en el S. XVIII que Juan Jacobo Rousseau propone el concepto de “buen salvaje”. Rousseau pretendía, con esta imagen inspirada en el Robinson Crusoe de Defoe, criticar las instituciones políticas y sociales como grandes corruptoras de la inocencia y bondad naturales del hombre. En contraste con esta imagen que heredamos de la ilustración, aparece una suerte de “mal salvaje” que muchos creen reconocer en el resultado de este enfrentamiento: Los buenos (policías) han sido asesinados salvajemente por los malos (nativos), utilizando lanzas, flechas o armas de fuego que fueron robadas. La imagen del “buen salvaje” de Rousseau contrasta con un discurso que busca resaltar violencia, ensañamiento y crueldad en la actuación de los nativos. Los buenos de la historia buscan el desarrollo y bienestar de las comunidades, que son manipuladas (visión paternalista del “otro”) por dirigentes irresponsables, políticos oportunistas y ONG’S mezquinas que solo velan por su interés personal. Del otro lado, los buenos quieren proteger al “buen salvaje” de Rousseau de cualquier tipo de influencia foránea, negándose a escuchar de manera sistemática cualquier alternativa por mas razonable que esta pueda ser. Ambas imágenes son, por supuesto, extremos inexactos e injustos

¿Qué tipo de lecciones nos podrían permitir superar esta visión dividida de la realidad? Una de ellas la propone Fidel Tubino: “Hoy mas que nunca requerimos de normas post-convencionales construidas dialógicamente que gocen de legitimidad en diferentes contextos. Solo así será posible regular de manera razonable las relaciones entre ciudadanas y ciudadanos culturalmente diversos. La normatividad transcultural – actualmente en proceso de construcción – es de imperativa necesidad para la convivencia ética tanto al interior de los Estados nacionales como a nivel de las relaciones interestatales.” Este, además de un tiempo de explicaciones, debiera convertirse en un tiempo de preguntas, no solo respecto a lo que el “otro” (en este caso los pueblos amazónicos) busca, sino y de manera especial, preguntarnos cuan dispuestos estamos “nosotros” a escuchar y dialogar.

jueves, 4 de junio de 2009

El estado del Estado


El Estado en el Perú parece nunca terminar de construirse. Están por cumplirse 188 años de vida republicana y la precariedad a nivel de las instituciones que lo conforman parece ponerse en evidencia con cada desborde social al que acudimos sin saber exactamente que lo originó ni menos como resolverlo. Algunos sectores reclaman entidades que permitan desactivar conflictos (desde una mirada que privilegia atender consecuencias antes que las causas de los problemas), reformar el Estado (con su tufillo administrativo y burocrático que enfrenta los problemas de manera parcial) o dotar de mejores recursos (olvidando que recursos económicos sin una gestión moderna pueden recordarnos al famoso “mendigo sentado en un banco de oro” de Raymondi). En líneas generales, cualquier alternativa de reforma que no parta de un diagnostico real, integral y sistémico sobre la situación del Estado será casi como restaurar la casa descuidando los cimientos. Veamos tan solo dos ejemplos que pueden ampliar nuestra mirada sobre el Estado en el Perú.

La Defensoría del Pueblo ha presentado su último informe denominado “Fortalecimiento de la Policía Nacional: Cinco áreas de atención urgente”. (1) Este informe se convierte en una excelente línea basal que nos permita reconocer y priorizar los problemas mas importantes de esta institución. Veamos tan solo algunos datos que presenta: 73 % no recibe uniforme nuevo desde hace 4 años, 53 % de las comisarías no posee una cama por agente en día de alerta, 19 % no posee una cama por agente en una jornada normal, 63 % no accede a bases de datos, 67 % no accede a la base de datos de RENIEC, entre los mas importantes.

La muchas veces difícil relación entre el Estado y la ciudadanía parece a partir de los datos que nos deja el Informe Defensorial, no olvidando que el contacto mas frecuente que tenemos con el Estado es precisamente con sus representantes “de a pie”. La inseguridad ciudadanía, que con cada vez mayor frecuencia ocupa titulares de los medios de comunicación e incrementa la paranoia de buena parte de la ciudadanía, solo parece explicarse desde esta radiografía que nos presenta la Defensoría sobre la institución encargada de velar por ella. Las alternativas que proponen los expertos consultados se orientan a mayores recursos, mejor instrucción de los agentes y lucha intensa contra la corrupción que parece corroer afanosamente los cimientos de la institución.
El caso de las protestas amazónicas también es paradigmático para entender como se ha construido el Estado. Son más de 40 días de protesta que se viven en la selva, sin visos claros de solución. El reclamo más importante parece ser la derogación de un conjunto de leyes (DL 994, 995, 1020, 1060, 1063, 1064,1081, 1083 y 1089) que los pobladores de esta región del país consideran atentatorios contra sus derechos culturales, entre ellos, el derecho a conservar sus territorios ancestrales. Nuevamente es posible reconocer la imagen de la selva no solo como un territorio rico pero desaprovechado, sino parece persistir la figura de la amazonía como un territorio deshabitado y disponible para ser ocupado (colonizado). Nuestro país, que se construyó de espaldas a la sierra, ha invisibilizado una vez mas la amazonía (sabemos que esta allí pero no la vemos ni conocemos).

¿Qué tipo de lecciones es posible extraer de los dos ejemplos utilizados? ¿Es realista pensar en un nuevo tipo de Estado construido por y para los ciudadanos? El filosofo Augusto Castro propone que: “El renacimiento del Estado moderno supone reconstruirlo de cara a la gente, a las minorías, a los individuos, como señala el nuevo espíritu de la democracia en la actualidad, de cara a la diferencia…Esto supone una serie de cambios estructurales en las políticas públicas nacionales, regionales y sectoriales que deben avanzar en colocar al ciudadano común en la toma de las decisiones que le son consustanciales”. (2)

¿En que medida es posible pensar en reformas, reingenierías o reestructuraciones estatales sin considerar el componente ciudadano? ¿Cómo concebir un Estado que responda a los nuevos retos que le impone un mundo cambiante, globalizado, de instituciones fuertes y minorías cada vez más incorporadas a la ciudadanía? ¿Qué rol pueden tener los ciudadanos en la construcción de verdaderas instituciones, entre ellas la policía, que puedan convertirse en los cimientos de un Estado moderno y democrático? ¿De que manera la idea extendida de ciudadanía solo posee una dimensión formal, es decir, no termina de reconocer de manera plena a determinados grupos como sujetos de derecho (los amazónicos o altoandinos, por ejemplo)? Una visión parcial de los problemas insistirá en reformar solo uno de los lados, olvidando que estos tienen dimensiones profundas que requieren se concebidos en su interrelación con toda la sociedad.
(1) Defensoría del Pueblo (2009) Informe Defensorial Nº 142. En: http://www.defensoria.gob.pe/inform-defensoriales.php (Última consulta: 27 de mayo de 2009)
(2) Castro, Augusto (2008) El desafío de las diferencias. Reflexiones sobre el Estado moderno en el Perú. Lima: UARM, CEP e IBC.

martes, 28 de abril de 2009

Lecciones ocultas


Hace pocas semanas concluyo el juicio por violación de derechos humanos y secuestro agravado que se le siguió al ex presidente Alberto Fujimori. Después de presenciar un gran numero de audiencias cargadas de testimonios, argumentos, pruebas esgrimidas de uno y otro lado, finalmente se le declaró culpable y fue sentenciado a 25 años de prisión. Naturalmente el acusado apeló y una segunda instancia definirá su sentencia final.

Estas líneas no pretenden ser un acercamiento de carácter jurídico sobre el proceso en si y las características del mismo. Tienen como intención, más bien, rescatar aquellas lecciones que nos ha dejado este capítulo de nuestra historia y que de momento aparecen de soslayo, casi tímidamente, en la escena pública, pero cuya importancia es innegable. Estas lecciones recogen la dimensión política y ética de un juicio que si bien deja algunas certezas y renueva de algún modo nuestra confianza sobre la justicia y las instituciones encargas de impartirla, también nos presenta nuevos escenarios, cuya configuración solo apenas empezamos a vislumbrar.

Desde lo político podemos reconocer algunas enseñanzas que deja el fallo del 7 de abril último. La primera de ellas es la reafirmación de los principios que organizan y garantizan la vida en democracia: igualdad ante la ley (juzgar a un ex presidente en su propio país deja una precedente de carácter universal), respeto irrestricto a la vida (naturalmente, la de las victimas de Barrios Altos y La Cantuta), acabar con la impunidad (frente a una larga tradición de dictadores que murieron sin ser juzgados). Pero estas lecciones, si bien tienen algo que decirnos a cada uno de nosotros, tienen mucho que decirles a quienes reciben el encargo, a cualquier nivel, de conducir el destino de un grupo de ciudadanos. El gobernante de turno recibe el poder de modo únicamente temporal y con cargo a rendir cuentas a quienes se lo otorgaron mediante el voto. Y ha sido la sociedad peruana, aquella que alguna vez lo eligió como Presidente de la República, la encargado de solicitar tal rendición de cuentas.

Desde el plano de la ética las lecciones son valiosas también. Tal vez la más importante de ellas es la distinción que se hace entre “fines y medios”, logrando deslegitimar un argumento utilizado muchas veces para justificar el crimen y la impunidad. Frases como: “Vivíamos una guerra, en toda guerra hay bajas de uno y otro lado”, “Él (Fujimori) logró vencer al terrorismo y así le pagamos los peruanos” parecen reflejar una mirada maquiavélica de los hechos. Es interesante reconocer en estos discursos una lógica perversa, en la cual “El fin = Vencer el terrorismo”; parece justificar cualquier “Medio = matar indiscriminadamente, ya que el escenario era un conflicto donde no se tuvo claro, casi hasta el final, a quien se le enfrentaba.” La ética establece una distinción entre lo necesario y lo contingente. Para la ética las acciones no suceden bajo una lógica de necesidad, es decir, siempre son así porque tienen que ser así. Desde la ética los hechos son más bien contingentes, vale decir, pueden ser de una manera o de otra. Bajo este argumento en una guerra, aún cuando es seguro que haya bajas de uno y otro lado, siempre es posible elegir entre hacer lo correcto o lo incorrecto. El ex presidente, desde esta lógica y desechando el argumento absurdo de su absoluto desconocimiento de los hechos, siempre pudo elegir hacer lo correcto y tuvo mas de una oportunidad para hacerlo.

Estas son tan solo dos lecciones que es importante recoger y compartir. Sin duda hay otras, pero esta historia aún no termina de escribirse, solo uno de sus capítulos ha concluido para convertirse un referente de nuestra vida política durante un buen tiempo. No perdamos la oportunidad de aprender de ello.

El rol de la universidad


¿Cuál es el rol que tiene la universidad en el desarrollo de un país? ¿Cómo puede vincularse de manera efectiva a los procesos económicos, sociales, productivos, tecnológicos, culturales y políticos de su entorno? ¿En que medida la universidad puede potenciar las fortalezas y oportunidades de cada región, haciendo operativos los proyectos y políticas que se establecen desde el sector privado o público, respectivamente? Este es tan solo un grupo de preguntas que pretenden ser puerta de entrada para un proceso de reflexión mas profundo sobre el rol que tiene “la universidad” como espacio de producción de conocimiento, como institución y desde su dimensión política. Veamos pues el rol de la universidad en este siglo XXI y evaluemos, a modo de test, en que medida nuestras universidades cumplen con algunas de las categorías que proponemos. Es el lector quien finalmente determinará si pasan, o no, el examen.

Desde la ciencia la universidad es el espacio privilegiado para la transmisión y producción de conocimientos. Pero no se trata de un conocimiento estéril, enajenado, divorciado de la realidad, sino más bien de uno que puede potenciar saberes previos y fomentar la construcción de nuevos. La universidad no solo debe reconocer las nuevas tendencias que vive cada sociedad, debe además, poder analizarlos e incluso, construir escenarios de futuros posibles (futuribles) que permitan intuir y solucionar con prontitud los problemas que afectan a los grupos sociales o que podrían afectarlos más adelante. Existe además, en esta búsqueda permanente de conocimiento de calidad, un conjunto de criterios que buscan medir si la institución esta efectivamente preparada para hacerlo. Veamos tan solo algunos de ellos: proporción entre el número de estudiantes y profesores, número de citas en publicaciones, número de docentes internacionales, docentes o exalumnos ganadores de premios Nóbel, entre los más importantes. Como bien refiere Carlos Fosca: “La diferencia, entonces, entre universidades latinoamericanas y las norteamericanas, europeas o asiáticas, es muy grande. ¿A qué se debe esto? Pues, precisamente, al principal indicador de la calidad educativa: la producción científica.” (1)

Desde la institucionalidad, la universidad no solo debe participar activamente como miembro de la sociedad civil, debe ser también un referente de consulta obligado y actor protagónico en los procesos que emprende cada sociedad. La universidad como institución no solo se construye hacia dentro, también lo hace hacia fuera, estando una y otra dinámica estrechamente vinculadas. Hacia dentro una institución universitaria de calidad se construye apoyada en valores como la libertad, la honestidad, la búsqueda permanente de la excelencia, la identidad y la fraternidad. Es sobre estos valores sobre los cuales se puede pensar en relaciones más horizontales entre docente y alumno, en autoridades cuyo horizonte sea el desarrollo de la universidad, en estudiantes que posean no solo conocimientos o habilidades, sino también actitudes que reflejen de los valores de la universidad. Hacia fuera la universidad tiene un compromiso como interlocutora frente a los grandes problemas del país.

La política, finalmente, podría ser una categoría que sintetice las dos anteriores, tanto la científica como la institucional. Ello en la medida que la creación científica debe estar orientada a mejorar las condiciones de vida de la sociedad en general y en particular de aquellos grupos con mayor necesidad. Además, una verdadera institución, no solo buscará el incremento de capital humano y capital social, sino se mantendrá vigilante frente al respeto y promoción de los valores que la identifican en la sociedad. Es pertinente la reflexión sobre el sentido de la política que hace la filosofa judía Hannah Arendt y que podemos relacionarla con el sentido de la universidad: “Misión y fin de la política es asegurar la vida en el sentido mas amplio. Es ella quien hace posible al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines no importunándole – es completamente indiferente en que esfera de la vida se sitúen dichos fines: puede tratarse, en el sentido antiguo, de posibilitar que unos pocos se ocupen de la filosofía o, en el sentido moderno, de asegurar a muchos el sustento y un mínimo de felicidad”.(2) Es interesante preguntarse en que medida la universidad contribuye con este fin de la política desde su misión institucional.

Hemos presentado tres categorías que pretenden evaluar de alguna manera el rol de la universidad en la sociedad peruana. Como mencionábamos al inicio de este artículo, queda en manos de cada lector evaluar la brecha existente entre el “deber ser universitario” y la situación actual. Solo en la medida que podamos reconocer las carencias y limitaciones de la universidad peruana, podremos proponer alternativas que permitan vincular a la universidad de manera efectiva con la sociedad que la cobija. La universidad no solo es pasado y presente, es también posibilidad.

(1) Fosca, Carlos. La medición de la calidad universitaria en el ranking internacional. En: http://palestra.pucp.edu.pe/index.php?id=326&num=3 (Última consulta: 26 de abrid de 2009)
(2) Arendt, Hannah. (1997) ¿Qué es la política? Madrid: Ed. Paidos p. 67

martes, 7 de abril de 2009

Los peruanos y la democracia


La democracia es definida, de modo casi general, como aquella forma de gobierno basada en la división de poderes, elecciones periódicas, igualdad ante la ley (cada individuo, por ejemplo, representa un voto) y posibilidad de participar en distintos niveles de la vida política, ya sea como elector o como elegido. Sin embargo, más allá de esta concepción formal (que parece reunir todos los atributos de este modelo) la imagen, la definición, la valoración y la práctica democrática en nuestro país parecen tener variados matices. No solo ello, la democracia para amplios sectores de la ciudadanía parece convertirse en causa y al mismo tiempo efecto que explicaría los problemas de nuestra sociedad. Ello explica no solo esa búsqueda incesante de mano dura como solución a los problemas del país, expresadas recientemente en las preferencias electorales de cara a las elecciones presidenciales del 2011, sino también y de manera cotidiana, como nos relaciones entre “nosotros”. Veamos cada uno de los matices democráticos de nuestra sociedad.

Las imágenes construidas en torno a la democracia en nuestro país son varias. Recojamos tan solo una de las más recientes y sobre la que hace mención en una conferencia en la Universidad de Harvard (EE.UU.) la defensora del Pueblo Beatriz Merino. En esta actividad académica presenta una cifra que nuevamente nos pone en alerta: “…solo el 37 % de los peruanos cree en la democracia ya que para ellos…solo favorece a las minorías y no permite el acceso a bienes y servicios públicos primarios de calidad a la mayoría.” Podemos apreciar una imagen deteriorada de la democracia, asociada a la satisfacción de necesidades básicas y excluyente per se, ya que solo beneficia a las mayorías. Este dato es tan solo la puerta de entrada de los que vienen más adelante.

Las definiciones sobre la democracia en el Perú son igualmente interesantes. El Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP por sus siglas en inglés) analiza las concepciones sobre democracia en dos perspectivas, una que pone el acento en definiciones tradicionales (libertad, igualdad, participación y protección) y otra que pone el énfasis en la racionalidad de las creencias. Es decir, si se apoya a la democracia por lo que ella representa o, en cambio, por lo que ella nos puede proveer. En el caso del Perú un 43 % la define como libertad. Sin embargo, el dato más sugerente parece ser la relación directa que habría entre mayor edad, mayor nivel educativo, mejor ingreso y mejor lugar de residencia como características esenciales del grupo que relaciona democracia con libertad. Es decir, una mayoría relativa la define en función de lo que representa, más de lo que provee.

A nivel de valoración, el Informe Latinobarometro 2008 utiliza dos variables que son reveladoras respecto a cuanto estimamos los latinoamericanos en general y los peruanos en particular la democracia: Apoyo y satisfacción. La diferencia entre una y otra esta dada en la medida que un ciudadano puede aprobar una forma de gobierno (apoyo) aún cuando sienta que ella no necesariamente generará algún tipo de beneficio particular para él (satisfacción). El apoyo a la democracia en nuestro país según el informe (45%) se encuentra bastante rezagado en la región, solo por encima de México, Guatemala y Honduras. Los niveles de satisfacción (16%) son más dramáticos aún, siendo últimos en la región. El Informe parece concluir que mientras el apoyo y la satisfacción con la democracia parecen consolidarse (a paso lento, pero firme) en la región, nuestro país parece mas bien condenado a vivir seducido a la opción autoritaria.

Frente a las prácticas democráticas, el PNUD propone que una concepción y valoración negativa de la democracia podría explicarse desde su (poca) práctica en las células sociales: la familia, el trabajo y la vida en comunidad. Preguntas como “¿Han sido formados los peruanos en el espíritu de la democracia? ¿Cómo se comportaron con ellos sus padres, o quienes los criaron, y como ellos, a su vez, crían a sus hijos?” muestran una dimensión mas profunda de la practica democrática. El informe da cuenta de una formación autoritaria de los peruanos, la voz patriarcal era la única voz. 59.7 % de las personas indicaron que las decisiones paternales (o de quien hiciera las veces del padre durante su formación) eran inapelables. Esta concepción de la autoridad nuevamente varia en función de la educación y el ingreso, siendo los sectores mejor educados y con mejores ingresos aquellos donde el autoritarismo paterno registra menores niveles.

Finalmente, el sentido de estas cifras no busca sostener una imagen pesimista sobre el rol que ha jugado la democracia en nuestra vida republicana. Al presentarlos se pretende también dar cuenta de lo avanzado en la construcción de ciudadanía en nuestro país, pero sobretodo insistir en el inmenso trabajo que queda por hacer. Esta no pretende ser una reflexión maniquea de “vaso medio lleno o medio vacío”. Más bien, insiste en un vaso que se ha estado llenando poco a poco. No olvidemos que el fantasma del autoritarismo acecha siempre.